—Y hacerle ver la injusticia y atrocidad que están cometiendo —añadió suavizándose—. ¡Ay, Pipaón: desde hace tiempo deseaba yo que alguien de esta casa se interesase por esa pobre mujer! No me atreví a decirlo por no enfadar a mi abuelo; pero créalo usted, ¡me causaba tanta pena!... Tenía vergüenza de manifestarlo: ¡parece mentira que cause bochorno la piedad!... Se me figura, además, que esta horrible injusticia ha de traer grandes calamidades a mi familia; pienso mucho en esto: estoy viendo venir el castigo de Dios.

—Nada, nada, señora, por mí no quedará.

—Pero qué locuras digo —añadió, tranquilizándose—. ¡He dicho que guardaba a mi prisionero! ¿Para qué le quiero yo?... No, la obra de caridad que solicito nada tiene que ver con ese hombre. El perdón de la madre inocente hará resaltar más la justicia castigando al hijo malvado.

—Ha dicho usted que se reservaba para sí el prisionero.

—Una tontería, Pipaón. ¿Quiere usted saber ahora mismo dónde está Salvador? En la calle del Divino Pastor, núm. 4, junto a Monteleón.

—Gracias, gracias.

—Justicia, pido justicia; y pues usted se presta a hacerla en mi nombre, ponga en libertad a Fermina Monsalud; líbreme usted de ese remordimiento que sufro por crueldades ajenas; aparte usted de mi familia y de mí esa sangre que está cayendo gota a gota sobre nosotros, y lo agradeceré con toda mi alma.

—Lo intentaré, señora; pero estoy confuso... Los extraños sentimientos de usted no se explican fácilmente. De pronto una furia inquisitorial contra el hijo... de pronto una sensibilidad plañidera en favor de la madre. ¿Qué es esto?

—¿Acaso lo sé yo? Amigo don Juan, la holgazanería del corazón trae estas extremadas vehemencias.

—¡La holgazanería del corazón!