—La falta de afecciones tranquilas. Mi soledad, el alejamiento de mi marido, el no ser ni madre ni hermana de nadie traen un estado en que el corazón ocioso trabaja buscando afectos. Es como un desheredado que ha de ganarse la vida. Trabaja, discurre o coge lo que encuentra.
—Me alegraré de que el señor don Carlos vuelva pronto. Entre tanto, señora, abogaré por la mamá; y en cuanto al hijo...
—No le nombre usted más —replicó, volviendo el rostro con repugnancia—. Lo que resta por hacer no me corresponde a mí. Cójale usted, enciérrele, mátele, descuartícele enhorabuena. No me verá usted conmovida ni alarmada, con tal que el castigo se haga lejos de mí.
—Le cogeré, le encerraré, le mataré, le descuartizaré.
—Le entrego a usted la ratonera —dijo riendo—, y aparto la cara y me tapo los oídos. Mi rencor acaba donde empieza el verdugo.
—Muy bien: del otro asuntillo yo hablaré mañana mismo al ministro.
—No diga usted que es cosa mía. ¡Si Carlos lo supiera!...
—No, lo haré por mi cuenta. Dudo mucho que consiga nada...
—Insista usted. Ponga usted ese favor por condición ineludible para la entrega del conspirador más atrevido de estos tiempos.
—No es mala idea. ¿Y no se nos escapará de aquí a mañana?