—Ya nos cayó quehacer —dijo jovialmente Villela, sacando su caja de tabaco—, porque el señor don Buenaventura va a entregarse a la persecución de masones con un celo lamentable, y ahora... ya se sabe... vamos a ser masones y jacobinos todos los que no pensamos como él. Seré masón yo, será masón usted...

—¡Yo!... —dijo el ministro.

—Sí; ahora, amigo mío, todo aquel que no tenga la suerte de agradar al señor marqués... ya se sabe.

—Pues que no me busque el señor marqués —exclamó Lozano, súbitamente arrebatado de ira—, porque me encontrará.

Villela rompió a reír. Su doble barba temblaba al compás de la risa.

—Pero, hombre, si se lo estoy diciendo... —gruñó don Ignacio—, y usted no quiere creerme; y usted cada vez más condescendiente con el señor marqués; y usted erre que erre, creyendo que el señor marqués es el brazo derecho de la nación. Hace tiempo que en esta casa somos tratados como perros todos los que no tenemos esa acendrada admiración y culto por el ínclito marqués de M***.

—¿Como perros?

—O como masones. Hace tiempo que aquí le niegan a uno hasta los favores más insignificantes, si no obtienen la venia del señor don Buenaventura, de esa lumbrera sin cuyos resplandores parece que los de esta casa no se ven la punta de la nariz...

—Pues qué, ¿no he accedido a todas las peticiones de usted? —dijo el ministro con pena.

—A ninguna, señor don Juan Esteban. En cambio el señor marqués, a quien se indica para sucesor de usted, y que tanto trabaja para conseguirlo, no ha tenido más que boquear para ver realizados toda suerte de antojillos. Ya se cobrará los favores que ha recibido: descuide usted. Ahora, es corriente, todos somos masones. Preparémonos, señor don Juan Esteban, a que caiga sobre nosotros la familiaridad del familiar.