—¿Qué dice a esto Pipaón? —me preguntó el ministro.

—Solo sé que en Madrid no se habla de otra cosa que de la entrada del señor don Buenaventura en este ministerio —dije con gran aplomo.

—No se habla de otra cosa... —repitió Lozano, sin poder disimular que tenía traspasado el corazón.

—Y un amigo mío, que ahora venía de Palacio, me lo dijo también —añadí—. Si aquí nadie está seguro... ¿De qué sirven una lealtad acrisolada, una disposición extraordinaria y una experiencia no común?... Pero consuélese usted, señor Lozano de Torres, con saber que quedarán en el país excelentes recuerdos de su paternal administración...

—¿Sí, eh?

—Es evidente. El hombre honrado, el hombre inteligente, el hombre que cumple con su deber, tiene por premio la admiración y el respeto de los pueblos: ¿qué más quiere?... Goza usted de fama además de hombre benigno, y que aborrece las crueldades...

—Lo que es eso...

—Hasta cierto punto —dijo Villela sonriendo.

—Hasta donde se ha podido —afirmé yo—. El señor Lozano no abandonará esta casa, sin dar la última prueba de su caritativo corazón y sentimientos cristianos. Sí: ¿por qué no he de decirlo de una vez? Hoy vengo aquí con una pretensión de generosidad que proporcionará a usted, amigo mío, ocasión de mostrar la bondad de su alma.

—Para pedirme una obra de caridad no se necesita tanto aparato —dijo el ministro—. Si no es más que eso...