—Vengo a solicitar, en nombre y a petición de varios paisanos míos, que la Inquisición de Logroño ponga en libertad a Fermina Monsalud, inicuamente atormentada.
Lozano de Torres frunció el ceño.
—Aquí te quiero ver —dijo Villela, echando hacia atrás el inmenso cuerpo, y riendo como un ídolo asiático—. ¡Si esa es la petición que yo hice el otro día!... pero no, no agrada al señor don Buenaventura... ¡Pues no faltaba más, sino que se fuera a poner en libertad a una mujer inocente!... ¡Duro en ella, señor ministro! La religión y el estado exigen que esa mártir perezca.
Sus risas atronaban la sala.
—Aquí hay una madre presa y un hijo que conspira —manifestó el ministro.
—Eso es —gruñó Villela—. ¿No se puede coger al hijo?... pues descoyuntar a la madre. ¿Hay nada más lógico?
—Es una iniquidad —dijo Lozano con movimiento repentino—. Esa pobre señora debe ser puesta en libertad.
Alargó la mano para tomar pluma y papel.
—Tate, tate —exclamó con toda la fuerza de su mordaz ironía el Elefante—. ¿Qué hace usted? Cuidadito, se enojará don Buenaventura...
—Es una obra de caridad.