—Masónico, eso es masónico puro —gritó Villela, dejándose caer en el sillón.

—Mandaremos al Consejo Supremo que disponga inmediatamente la libertad de esa mujer —dijo Lozano escribiendo.

—Hombre de Dios —manifestó el consejero variando al fin de tono y hablando seriamente—, ¿no solicité lo mismo hace tres días? Ha necesitado usted que otro lo recomendara para hacerlo...

—Mis paisanos... —indiqué yo.

—Señor Pipaón —dijo Villela, volviendo a las burlas—. Usted es masón.

—¿Por qué?

—Porque ha pedido que se pusiera en libertad a una víctima de la Santa... y también yo soy masón, porque lo pedí antes, y también es masón el señor Lozano, porque lo concede. Preparémonos a que los espías del marqués se metan en nuestras casas.

Lozano escribía.

—¿Manda usted a la Suprema que dé las órdenes? —preguntó el consejero mirando por encima del hombro de Lozano lo que este escribía.

—¡A rajatabla! —respondió Torres echando una rúbrica que parecía una puñalada.