Estaba furioso. Parecía un gato perseguido; y cuando tiró de la campanilla para llamar a un oficial, sus ojuelos azules despedían fulgor vengativo.

—Ya está hecho —dijo con el placer de quien ve el éxito de su primer rasguño.

—Ha hecho usted una obra admirable —afirmó Villela alargando sus brazos hacia el ministro—; permítame que le abrace. Y ahora me toca a mí. Tenemos mucho que hablar. Si Pipaón tuviera la bondad de dejarnos solos...

—Precisamente tengo que hacer...

Di las gracias a Lozano, que me reiteró verbalmente su estimación.

Villela me dijo al despedirme:

—El ministro y yo vamos a hablar de masonería. Si ve usted a don Buenaventura, denúnciele esta logia.

—Pues hablemos de masonería —repitió Lozano sentándose junto a la corpulenta humanidad de su amigo—. Pipaón, adiós.

Yo estaba tan sorprendido como satisfecho. Presentábanse aquel día las cosas a pedir de boca, pues después de conseguir del ministro amenazado lo que poco antes me resultara imposible o al menos dificilísimo, quedábame ancho y expedito el camino para congraciarme con el ministro sucesor, proporcionándole uno de los más vivos goces que pudiera anhelar. La Providencia, que jamás me abandonó, disponía en aquella ocasión que quedase bien con todos: bien con Lozano de Torres, y mejor aún con el marqués, principal imán de mis complacencias a la sazón, porque los servicios que yo le prestara habían de influir mucho en la provisión de la primer vacante en el Consejo.

Recibiome don Buenaventura gozoso, aunque con modestas razones aseguró no tener noticia de su proximidad al sillón de Gracia y Justicia. Cuando le comuniqué las verídicas noticias que llevaba, púsose más alegre, y al punto se vistió para ir en busca del Gobernador de la Sala de Alcaldes, y del señor Alguacil Mayor de la Inquisición de Corte. El estado y la Iglesia estaban de enhorabuena. Tomáronse desde por la mañana con el mayor sigilo todas las precauciones imaginables, porque el señor don Buenaventura era uno de los esbirros más celosos y más diligentes que por entonces tenía el absolutismo. Para que se vea qué vehemencia acostumbraba poner aquel piadoso varón en sus gestiones inquisitoriales, dejaré hablar por un momento a un célebre cronista de aquellos tiempos.[2]