[2] Van-Halen, Memorias.
«El marqués de M***, familiar del Santo Oficio, hombre fanático por la Inquisición, y oficioso por ella con delirio, había por sí y ante sí organizado una tropa de espías, que él pagaba a sus propias expensas, y en la que figuraba con distinción un antiguo oficial suizo, que, conociendo el flaco de este corifeo, lo embaucaba y hacía creer mil maravillas. Nadie osó ofrecer al rey mi nueva captura con la decisión que este digno caballero.»
Don Buenaventura, aunque marqués, vivía en una casa de huéspedes de la calle de la Abada. Amigo de la casa y obsequiador de las tres hermosas niñas de la patrona era un tal Núñez, compinche de los conspiradores, el cual se había dado muy buenas trazas para espiar a los espías del marqués y al marqués mismo de un modo tan seguro como ingenioso. Y fue que las niñas habían practicado un agujero en el tabique de la estancia del familiar, el cual huequecillo, cubierto con un mapa, les permitía oír desde la pieza inmediata cuanto en aquella se decía. Desde que iba el suizo a dar parte de sus pesquisas o a recibir órdenes de don Buenaventura, ya estaban las niñas con el oído pegado a la pared, y junto a ellas el travieso Núñez. Véase por esto si daría resultados la policía del marqués.
Cuando todo quedó concertado, después de mis revelaciones para dar el golpe seguro contra el astuto agitador, aquella misma noche mi ilustre amigo y protector me dijo:
—Querido Pipaón, no puedes figurarte cuánto hemos penado el señor Alguacil Mayor y yo, noches pasadas. Recorrimos toda una manzana de casas, saltando de tejado en tejado, más parecidos a gatos que a grandes de España. El señor duque se destrozó una pierna contra la reja de una buhardilla, y yo resbalé por las tejas... ¡Ay!, poco me faltó para rodar hasta el alero y caer a la calle... Y por fin de fiesta, no cogimos nada... por todas partes gente honrada y piadosa. Madrid, y sobre todo los pisos altos, desvanes, sotabancos y chiribitiles, están atestados de modelos de virtud... Los espías que pago son perros jóvenes que apenas tienen olfato... se equivocan siempre. Denuncian un conspirador hereje en tal o cual buhardilla, vamos allá y resulta un exabate hambriento que compone villancicos y romances para los ciegos... Nos hablan de una logia, corremos a ella, y después de rompernos las piernas contra las chimeneas, hallamos un altar donde se adora entre flores y velas a la santísima Virgen... O los espías no sirven para el oficio, o la sociedad toda es una mentira, pura hipocresía y enredo... En fin, si es verdad lo que me has dicho, esta noche haremos algo de provecho, mayormente si Su Majestad se digna nombrarme ministro. Como supongo que estás impaciente por saber el resultado del golpe, en cuanto todo esté hecho, te mandaré un recado con Perico.
Dejé a don Buenaventura entregado a sus dulces proyectos, y después de despachar varios asuntos, me retiré ya de noche a mi casa, donde encontré a don Antonio Ugarte, que pocos días antes había llegado de Andalucía, y me estaba esperando para hablar conmigo, según dijo, de un negocio interesante.
Desde que le vi, diome un vuelco el corazón, anunciándome con su ignoto lenguaje que algo grave iba a tratar conmigo el tal sujeto. Era Ugarte el hombre a quien yo más respetaba en aquella época. Su suprema inteligencia y tino me subyugaban de tal modo, que no podía dejar de obedecerle ciegamente. Sus presunciones, sus barruntos, eran leyes para mí; y a pesar de mi amistad con diversas personas, solo aquella influía de un modo poderoso en mis ideas y en mi conducta. Al mismo tiempo, él me tenía por auxiliar tan poderoso de sus planes, que podía llamarme su brazo derecho. Ugarte no podía ir a mi casa para una tontería. Advertí que traía un paquete bajo la capa; algo estupendo iba a salir de sus sibilíticos labios. El coloquio que ambos sostuvimos encerrados en mi cuarto y sentados frente a frente, es tan útil para la perfecta inteligencia de estas Memorias mías, que no puedo pasarlo en silencio.
XI
—Pipaón —me dijo con el tono reprensivo que empleaba siempre para echarme en cara mi conducta, cuando esta no le convenía—, de algún tiempo a esta parte estás haciendo tantas y tan grandes simplezas, que apenas te conozco. No solo te haces daño a ti mismo, si no que me lo haces a mí.
—Ya me dijo usted, señor don Antonio —le respondí con humildad—, que encontraba censurable mi empeño en ser consejero; pero también he dicho a usted que no es por el huevo, sino por el fuero; que es para mí un caso de honra, de dignidad.