—Nada de eso hace al caso. Importa poco que lo pretendas por esta o la otra razón; lo que encuentro perjudicial y aun soberanamente necio es que lo solicites, cualquiera que sea el motivo. Llevas trazas de no conseguirlo nunca, y aun de perder lo que has adelantado en tu carrera.
Como no podía penetrar el sentido de aquellas razones, esperé sin decir nada a que el gran Antonio I me las explicara.
—Mi situación en la corte no es hoy lo que hace un par de años —dijo muy preocupado—, ni la tuya tampoco.
—Desde la compra de los malhadados barcos rusos —respondí—, nos hemos averiado un tanto, y navegamos mal. Demos gracias a Dios por no habernos estrellado ya.
—¡La compra de los barcos rusos! —exclamó, fija la vista en el suelo y moviendo la cabeza—. Ahí tienes un servicio eminente prestado a nuestro país, y, sin embargo, nadie nos lo ha agradecido.
Hice un esfuerzo supremo para no reírme.
—Verdaderamente —añadió don Antonio—, los barcos no valían ni para leña. Hablando aquí en confianza, amigo Pipaón, yo no creí que fueran tan malos. El señor bailío me aseguró que podían hacer un viaje.
—No creo que sea posible un negocio peor, señor don Antonio; dígolo con referencia al país. Si las quinientas mil libras que nos dieron los ingleses para indemnizar a los perjudicados por la abolición de la trata se hubieran repartido equitativamente entre los españoles pobres...
—No te hagas eco tú también de las vulgaridades que corren a propósito de los cinco navíos y la fragata que compramos al emperador de Rusia —dijo con cierto enfado—. Si ha resultado que esos buques están podridos, la culpa no es mía. ¿Entiendo yo de barcos? Además, aquí no quieren sino gangas. ¿Pues qué, con quinientas mil libras, o sean cincuenta millones de reales, se podían comprar seis buques acabaditos de salir del astillero?
—Señor don Antonio, si el gran Alejandro sigue con tan buen ojo para los negocios, pronto no cabrá el dinero en todas las Rusias de Europa y de Asia.