—¿Y a mí qué me cuentas? —dijo amostazándose más—. El tratado secreto que se celebró para comprarlos, firmelo yo como secretario íntimo; pero fue el rey quien lo hizo. Era tal su impaciencia por cerrar el trato de una vez, que estaba el hombre desasosegado y fuera de sí. Yo quise ir con tiento, yo quise establecer alguna garantía; pero, amigo Pipaón, si vieras cómo estaba, cómo se puso ese hombre... Parecía sediento, ávido; parecíale que si no se compraban pronto los barcos, se iban a convertir en humo las quinientas mil libras de los ingleses. ¿Qué dices a esto?
—Parece mentira que tal haga, y de tal modo se apure, un hombre que tiene a su disposición más de cien millones del tesoro público y otras gangas...
—Si es un saco roto. ¡Y el vulgo necio cree que de la compra de los cachuchos podridos me aproveché yo!... —dijo Ugarte con cierta expresión que indicaba como lástima de sí mismo—. ¡Yo, Pipaón!... No me ha tocado sino una miseria, un bocado, indigno de mí y de los muchos afanes que pasé. Pero, querido, los revolucionarios se valen de todos los medios... Ni los barcos son tan malos como dicen, ni es absolutamente imposible que se den a la vela.
—Los marinos han dicho que no se embarcan en ellos.
—¡Los marinos! ¿Ignoras que todos están vendidos a la masonería?... Pero es preciso desplegar gran energía contra esa gente; si no... Al capitán de navío don Roque Gruzeta se le ha puesto preso por haber dado un informe desfavorable a los cinco buques.
—Es que no quieren embarcarse, señor don Antonio; es que nadie quiere ir a América.
—Exactamente: ese es el mal primero y más grave, y ayer se lo he dicho claramente a Su Majestad. Ni militares ni marinos quieren correr los riesgos de una navegación larga, ni exponerse a las epidemias de América, ni menos entrar en campaña con los rebeldes en un país tan vasto como aquel. Los que vuelven, escuálidos y moribundos, quitan a los expedicionarios las pocas ganas que tienen de embarcarse. Con esta cobardía general, toda guerra ultramarina es imposible, y las Américas se perderán, amigo Pipaón.
—Claro es que se pierden. Si este último esfuerzo no da algún resultado...
—¿Qué esfuerzo ni qué niño muerto? ¿Pero tú crees que las tropas del ejército expedicionario que yo dispuse llegarán a embarcarse? ¡Necedad! Fui a Cádiz hace poco, y pude ver por mí mismo cómo está aquella gente. Hay que oírles, amigo. Con decirte que no hay un solo oficial que no esté afiliado en alguna sociedad secreta, está dicho todo: hablan con el mayor desparpajo del mundo de ideas liberales, de constituciones, de democracia, de soberanía nacional y aun de república. En los círculos de oficiales y en los cuerpos de guardia no se oye otra cosa que versitos, pullas y chascarrillos contra el despotismo, contra el rey absoluto, y contra todas las personas que le rodean. Hay allí una atmósfera que marea; al llegar a la Isla se respira revolución, como al acercarse a un incendio se respira humo.
—No estaba yo muy seguro de las aficiones absolutistas de los oficiales del ejército, especialmente de los pertenecientes a cuerpos facultativos —dije participando de las inquietudes de don Antonio—; pero no creí que las sociedades secretas estuvieran tan extendidas.