Don Antonio dio una especie de silbido, que indicaba la plenitud de su convicción en punto al enorme influjo de las sociedades secretas.

—Estás en Babia, Pipaón —me dijo sonriendo—. Las sociedades secretas, llámalas masonería, clubs, orientes, o como quieras, ofrecen hoy una ramificación inmensa dentro de la sociedad. En ellas está comprometida toda clase de gente. ¿Crees que solo los perdidos son masones? ¡Error, amigo mío, vulgaridad supina! Altos personajes...

—Eso lo sé también. Podría citar aquí media docena...

—¡Media docena! Yo te citaré centenares. De algunos no tengo seguridad completa; pero de muchos no puedo dudarlo, porque tengo datos irrecusables. ¡Y qué hombres, y qué nombres! Precisamente los que mejor suenan en los oídos del absolutismo, son los que más se pronuncian hoy en las logias. Ministros, tenientes generales y algún capitán general, vicealmirantes, infinidad de brigadieres, consejeros de Estado, alcaldes de Casa y Corte, familiares de la Inquisición, hasta inquisidores, hasta canónigos, hasta frailes hay en la masonería. No me asombraré de ver en ella a un señor obispo el mejor día... Por de contado, el núcleo, la base, el amasijo fundamental de este gran pastel que se está cociendo y que pronto fermentará, si Dios no lo remedia, lo forman los oficiales de todos los cuerpos que guarnecen la corte y las principales ciudades y plazas del reino.

—Vamos, es para volverse loco.

—No: hay que tomarlo con calma, con mucha calma y sangre fría —repuso don Antonio mostrando gran dosis de ellas en su voz y semblante.

—Pero entonces, ¿qué va a pasar aquí?

—Qué sé yo... allá veremos —dijo alzando los hombros—; pero cualesquiera que sean los acontecimientos que han de venir, Pipaón, es preciso estar preparado para ellos.

—¿Y cómo?

—Todo será según y como venga lo que ha de venir —dijo con aplomo—. Ninguna cosa, ni aun la revolución, es mala de por sí. Todo depende del procedimiento, de la conducta.