—Si mal no recuerdo, señor don Antonio, he oído decir que frente a las sociedades masónicas se ha formado también una especie de masonería absolutista que se llama La Contramina, y cuyo objeto es atajar la revolución, o ahogarla antes de nacer.

—Ríete de contraminas —repuso—. Conozco a los principales individuos de ella, y con decirte que esa anti-conjuración la ideó el marqués de M*** está dicho todo. Nada, nada, Pipaón, es preciso huir siempre de los necios, y no tener nada común con ellos. Todo lo que hoy intenta el gobierno contra las sociedades secretas, su tardía diligencia contra ellas, es pura necedad. No se lucha contra todas o casi todas las capacidades del reino, en milicia, en dinero, en talento.

—¿Esas tenemos? —exclamé asombrado al ver cómo iba creciendo el fantasma masónico que Ugarte ponía ante mis ojos.

—Esas tenemos, sí; y todo lo contrario es tontería y ridiculez. Por ejemplo: tú, poniéndote al servicio de Lozano de Torres, y haciéndote lugarteniente del marqués de M***, llevando mensajes al primero, y ayudando al segundo en sus grotescos espionajes por tejados gatunos y casas de huéspedes, eres tan soberanamente necio que al saberlo me he visto en la precisión de venir a atajarte, a prevenirte, a salvar tu porvenir y tu carrera, comprometidos con la amistad de esos hombres.

Sin acertar a decir hada, miré a don Antonio lleno de asombro. El punto grave de nuestra conferencia había llegado.

—¿Piensas tú que vas a sacar algún provecho de tu servilismo? ¿Piensas atrapar de ese modo la plaza de consejero? —prosiguió—. ¡Cuán equivocado estás! Lozano y el marqués de M***, a pesar de todos sus humos, y aunque el uno suceda al otro en el ministerio, son hoy dos fantasmas de la corte. Su valimiento es pura farsa y engaño. Agárrate a sus faldones y te hundirás con ellos.

—Verdaderamente, señor don Antonio, después que he dejado de frecuentar la cámara de Su Majestad, vivo a oscuras de todo.

—Se conoce. Estás con una venda en los ojos; marchas a tientas y te estrellarás sin remedio. Yo también estoy apartado de Palacio; ignoro lo que allí pasa; he perdido relaciones muy útiles allí, y ando como tú, algo desorientado; pero hace tiempo que empiezo a ver claro, y de resultas de mis recientes observaciones, he sacado en limpio que es un suicidio tratar de oponerse al creciente poder de las sociedades secretas.

Abrí los ojos con espanto.

—Durante algún tiempo —continuó don Antonio— me he dedicado a observar esta sociedad, como observa el médico a su enfermo: le he tomado el pulso y le he mirado la lengua, Pipaón; me he fijado escrupulosamente en todos los síntomas, y he comprendido que el enfermo va a dar un estallido.