—¡Un estallido!... ¡Una revolución!...
—Pues qué, ¿lo dudas tú?... Por mi parte no moveré la mano para impulsarla, ni tampoco para contenerla —dijo mirando al techo—. Soy agente de negocios: yo no soy hombre político. Si los grandes errores cometidos traen una conmoción popular, casi, casi... les está bien merecido. Lo que ahora me inquieta es que cuando esa revolución venga (y ten por seguro que vendrá), no me incluya a mí entre los absolutistas rabiosos... ¡Pues no faltaba más! Yo no soy amigo del despotismo puro; yo he aconsejado la templanza.
—Y yo también.
—Mi plan —continuó— es el que debe servir de norma a todo español honrado: ni impulsar ni perseguir la revolución. ¿Que viene?, pues muy señora mía. ¿Que no viene?, pues lo mismo que antes. Yo no daré un céntimo para sediciones militares; pero tampoco reñiré ni me enemistaré con la flor y nata del reino en talentos, armas y riquezas... porque te lo repito, Pipaón, lo más granado está hoy en las sociedades secretas.
—Vamos, que a usted, señor don Antonio, se le están pasando las ganas de hacer una visita a las logias y codearse con lo más granado.
—No; en eso te equivocas. Jamás iré a las logias. Yo soy agente de negocios; no soy hombre político... Pero debo ser franco contigo. Si personalmente no quiero ir, no me disgustaría tener algún contacto con esa gente.
Yo empezaba a comprender.
—Esa idea me parece admirable, señor don Antonio. Nunca está de más poner una vela al diablo.
Ugarte se sonrió. Luego, en tono resuelto, continuó de este modo:
—En una palabra, Pipaón, cuando se me ocurre un asunto delicado, una dificultad de esas que requieren tacto, cordura y mucha discreción para ser resueltas, miro a todos lados y no veo más que un hombre: tú.