—Dígamelo usted de una vez, ¿a qué andar con rodeos?
—Pues bien, amigo querido: hazte masón.
No pude menos de soltar la risa, y don Antonio me acompañó festivamente en mi desahogo.
—Para ti y para mí, este paso que te aconsejo no puede menos de ser provechoso. Hazte masón, con reservas, se entiende. No creas que en las sociedades secretas es todo misterio, lobreguez, sangre, horror, barbas luengas, palabras enigmáticas: nada de eso. Hoy los masones son la gente más cortés y más amable del mundo... Vas allá; yo buscaré quien te lleve; procuras hacerte pasar por muy entusiasta. Di a todo amén, y cuando los otros den un grito a la Constitución, tú das cuatro.
—Entendido.
—Además, no es preciso dejar de ser sincero. Puedes abrazar la nueva idea con entera buena fe, porque esto lleva camino, hijo mío... ¿Lo harás?
—No tengo inconveniente.
—¿Romperás con Lozano de Torres, el marqués de M*** y demás hermanos venerables de la necedad?
—Romperé.
—¿Dejarás el papel de espía y buscador de masones?