—Lo dejaré.
—¿Me darás cuenta de todo lo que veas, oigas y entiendas?
—La daré con mucho gusto, señor don Antonio; me ha hecho usted ver nuevos horizontes con unas cuantas palabras. Adelante.
—Adelante. Lo principal es que dejes de mostrar empeño en la persecución y castigo de los muchos reos políticos que andan por ahí. Esta oficiosidad, de que ahora haces alarde, puede serte perjudicial en los momentos presentes y altamente nociva en los venideros.
—Pues que triunfen y se diviertan los reos políticos.
—Es más, amigo Pipaón. Desde el momento en que vas a ofrecer tu cooperación a los oscuros trabajadores de las logias, tu deber es amparar a los que se vean comprometidos... No te asustes; podría citarte una docena de señorones graves, firmísimas columnas del estado en el Consejo y en la milicia, los cuales han sido encubridores de la mayor parte de los comprometidos en las conspiraciones de Porlier, Lacy y Torrijos. La historia secreta de estas tentativas es muy curiosa. Los pobrecitos inmolados ofrecieron con su sangre tributo externo al derecho público; pero tras los cadáveres de Lacy y Porlier, amiguito, se han escurrido impunes muchas personas, cuyos nombre han sonado siempre bien en Palacio... ¿Conque entrarás por la nueva vía?
—Entraré. Usted ha venido a dar a mis ideas giro distinto del que llevaban. Vivo algo retraído, y cuando usted está fuera de Madrid, apenas conozco hacia dónde va la marejada.
—¡Ah! —exclamó con cierta tristeza—, la marejada va hacia adelante... y más que de prisa.
—¡Pues adelante! —exclamé yo con alguna vehemencia.
—Nos veremos. Nos pondremos de acuerdo —dijo poniendo sobre la mesa el paquete que traía, y que estaba compuesto como de medio centenar de cuadernitos—. Entre tanto, hazme el favor de repartir estos folletos a los amigos. Esto se hace con cautela: un día das uno, otro día das otro... Es preciso que vaya cundiendo.