—En otra ocasión seré más afortunada —aseguró la dama, dando un paso atrás y atrayendo la hoja de la puerta hacia sí.

—Aguarda un instante —dijo Monsalud, corriendo a detenerla—. En pago de tu crueldad, quiero darte una mala noticia.

Jenara se detuvo.

—Carlos, tu pobre marido, llega mañana... Como hace tiempo que has dejado de quererle, según él dice, por eso llamo a esto mala noticia.

Salvador acentuaba sus palabras con punzante ironía.

—Pues no ha anunciado su viaje —dije yo, advirtiendo en Jenara una gran perplejidad, y deseando sugerirle una idea para que saliese de ella.

Pero Jenara no chistó. En su semblante, que poco antes parecía de mármol, distinguí una alteración súbita. Leves llamaradas de rubor tiñeron sus mejillas.

—No ha anunciado su viaje —añadió Monsalud— porque viene a lo celoso, callandito... Quiere sorprender, acechar, vigilar. ¿Sabes que está celoso, Jenara?... El pobre Carlos no será nunca feliz.

Vi moverse los labios de Jenara y replegarse en torva conjunción sus cejas. Difícil es conocer lo que pasaba entonces en su mente y en su conciencia (¿nos lo dirá ella misma algún día?), porque en vez de hablar cerró con estrépito la puerta, y desapareció como una visión de teatro. Fui tras ella... huía como la corza herida. Creyérase que tras su fugitiva persona, semejante a la sombra de una diosa ofendida, había quedado en la atmósfera un suspiro que por breve instante reprodujo su emoción.

Cuando volví al lado de Monsalud, este reía.