—¿De veras?

—Te lo juro por mi salvación.

—Está de Dios que yo me consuma en el fuego de esta duda espantosa —afirmó Salvador con imponente afán.

Durante las últimas palabras, así como en diversos momentos de nuestro diálogo, me inquietaba un rumor que fuera de la alcoba sentía, rumor como de leves pasos y faldas de mujer, y la idea de que un oído importuno nos escuchase, empezó a mortificarme. No quise, sin embargo, llamar sobre esto la atención de mi amigo, y me propuse no decir cosa alguna que pudiera ser desagradable a la persona que, según mi presunción, aplicaba su curioso oído a la puerta.

—Creo que puedes tener seguridad completa en ese particular —dije a mi amigo—. Jenara es incapaz de hacer el indigno papel de inquisidor.

—También lo creo así —me respondió Monsalud.

Diciendo esto, ambos nos quedamos absortos, porque la puerta se abrió suavemente y apareció ante nuestra vista una magnífica figura blanca, cuya presencia repentina, unida a la belleza y emoción de su rostro, tenía todo el carácter de las misteriosas apariciones de la poesía y de la noche.

—Es un error —dijo con voz tan turbada que no parecía la suya—. La inquisidora he sido yo.

Salvador se levantó; dio indeciso algunos pasos como quien no sabe si mostrarse cortés o enojado, y habló de este modo:

—¡Que Dios nos perdone a ti y a mí, Jenara!... Por esta vez has errado el golpe.