—En esta confusión —prosiguió— discurrí que tú, como amigo del familiar, podrías sacarme de dudas.
—No sé una palabra. En un tiempo conocí a todas las familias que tenían relaciones con don Buenaventura. ¿Cómo se llama esa señora?
—Andrea.
—No puedo darte ninguna luz, amigo.
—Al mismo tiempo que tal traición infame suponía, otra idea, otra sospecha aumentaba mi confusión, amigo Juan; idea sobre la cual espero que puedas darme más luz que sobre la otra.
—A ver.
—Existe otra mujer, a quien también puedo atribuir mi persecución: una mujer que vive en tu misma casa, y de cuyas acciones, por reservadas que sean, puedes tener noticia.
—¿Jenara?
—La misma. Esa tiene motivos para aborrecerme. Cuanto haga contra mí no me sorprenderá. Nada pienso hacer en contra suya. Dejaré que caiga su mano implacable, y pediré a Dios que nos perdone a mí y a ella.
—Pues tampoco puedo sacarte de confusiones. No tengo ni el más leve indicio de que Jenara...