—¿No eres tú de la pandilla de Lozano y del marqués de M***? —preguntó algo desconcertado por mi aplomo.
—Vaya, vaya..., veo que no estás enterado de nada... ¡Ya esos tiempos pasaron, Salvador!
—Entonces has variado de ideas y de conducta.
—Sí, señor, he cambiado de ideas, de conducta, de todo. Mi ruptura con toda esa caterva absolutista es completa desde hace tiempo. Les trato y nada más.
Salvador manifestaba el mayor asombro.
—¡Pues ya!... —continué, cada vez más dueño de mí mismo—. Si así no fuera, ¿crees que hubiera intercedido por tu madre?... ¿Crees que me hubiera expuesto a pasar por cómplice de los conspiradores?
—Juan, por favor, ya seas mi amigo, ya seas mi enemigo, te ruego que me digas lo que sabes respecto a mi persecución de esta noche.
—Te juro que no sé una palabra, ni tengo parte en ello —respondí con tanta seguridad, que no se me traslucía en la cara ni las más ligera turbación.
—Para que seas franco, voy a darte un ejemplo de franqueza. Escúchame bien: en esta azarosa vida mía, consagrada a un afán que devora, a una pasión que lentamente consume y postra las fuerzas del alma, me he dejado dominar por vanos caprichos o veleidades amorosas. Mi carácter, en el cual hay ansiedades que nunca se han satisfecho ni se satisfarán jamás, me ha impulsado a esto. Me he tolerado yo mismo estas distracciones, como se tolera el soldado, en medio de la pelea, descansos cobardes para fortalecer su ánimo. Pues bien: últimamente amaba a una mujer con más vehemencia de la que suelo poner de algún tiempo a esta parte en asuntos de amor. Pero no sé qué fatalidad me persigue: con mi exaltación vino una frialdad inexplicable en la persona amada: tuve primero celos, luego sospechas de que me vendía. No quiero entrar en detalles inútiles. Lo principal es esto: al saber hace poco que una señora había comprado con dinero el secreto de mi morada, se han aumentado mis sospechas. Herido en lo más delicado de mi alma, he sentido un furor y deseo de venganza que no puedo expresarte con palabras; me he vuelto loco a fuerza de discurrir, buscando antecedentes o indicios que confirmaran mi sospecha; he vagado como un insensato por las calles, jurando muertes y venganza; he prometido no descansar mientras no aclarase este enigma que me atormenta y me abrasa las entrañas.
Mi amigo apoyó la cabeza entre sus manos. Su hermoso y noble semblante expresaba viva cólera.