—No es más que sospecha... —dijo seriamente—. Te he creído autor al mismo tiempo de un beneficio y de un agravio. Me ha parecido inverosímil que me salvaras y me perdieras en un solo día, y he querido apelar a tu franqueza y lealtad para que me digas la verdad.
—El beneficio, obra mía es; pero el agravio...
Salvador me clavaba los ojos con tal fijeza escrutadora, que sus rayos parecían penetrar en mi alma. Yo también le observé a él. Lejos de parecerme siniestro y terrible, como decía Jenara, Monsalud tenía aspecto en extremo agradable, y había ganado mucho desde que no nos veíamos. Su fisonomía era inteligencia y fuerza; la expresión de sus ojos ejercía inexplicable dominio sobre mí, y toda su persona tenía un sello de superioridad y nobleza que cautivaba. Vestía bien.
—Esta noche han intentado prenderme, con un lujo de precauciones y de habilidad que me han llamado la atención —dijo—. Gracias a la lealtad de un hombre, he podido escapar a tiempo, y el señor marqués ha cogido tan solo a unos pobres aguadores que dormían en el sótano de la casa. Sé que una señora desconocida sobornó a la pobre mujer del guarda; sé que tu amigo el marqués dio las órdenes para sorprenderme; pero desconozco la trama y los móviles de todo esto. Tú lo sabes y me lo has de decir.
—¡Yo!... ¡Yo no sé una palabra! Todo lo que me dices es nuevo para mí.
—Dime la verdad... ¡tú lo sabes todo! —dijo apretándome el brazo—. Dímelo, Bragas, o te acordarás de mí.
—¡Por mi nombre, por Dios que nos oye, te juro que nada sé! —repliqué temblando de susto—. A fe que tienes buen modo de agradecerme lo que he hecho por tu madre.
—Tú eres amigo y confidente íntimo del señor familiar —añadió Salvador aplacándose.
Fingí gran sorpresa.
—¡Yo!... ¡Yo amigo de ese majadero!... Pero tú no sabes lo que dices. ¿En qué país vives?