—Lo traje yo mismo.
—¡Tú!... Bien puede ser, puesto que ahora estás aquí... ¿Y por dónde has entrado?
Monsalud rompió a reír.
—¿No has caído en ello? Por el agujero de la llave.
—Estas bromas no me gustan. Ya veo que no hay casa segura para la masonería.
—Ni para el absolutismo. Si yo entro en la tuya, no falta quien entre en la mía.
—Eso no me lo cuentes a mí. Nunca he sido espía.
—Pero sí amigo del marqués de M***. Escúchame, Juan: esta noche han querido prenderme. He sospechado que anduvieras tú en este negocio.
Dominome de nuevo el miedo, y haciéndome el sorprendido, repuse:
—¡Prenderte!... ¿Y qué tengo yo que ver con eso?