—No te asustes, Juan. Soy yo, tu amigo Salvador.

—¡Tú, Salvador, Salvadorcillo!... —murmuré con voz ahogada—. ¿Por dónde entraste?... Esto es una alevosía.

—Calla, calla —me dijo levantándose, al ver que yo, recobrando el aliento, iba a alborotar la casa—. Soy tu amigo. No me tengas miedo. Hablaremos un rato. Vengo a darte las gracias.

—¡Las gracias..., a mí!

—Sí; me has hecho un favor, un beneficio inmenso que te agradeceré toda mi vida. Siéntate.

Imperiosamente me ofreció una silla. Los dos nos sentamos. El miedo y no sé qué fascinación extraña me subordinaban al intruso visitante.

—Sí —añadió sonriendo y pasando cariñosamente su mano por mi hombro—, un beneficio inmenso. A ti te debo que se hayan dado hoy las órdenes para poner en libertad a mi pobre madre.

—¡A mí!... Es verdad... sí, yo... —repuse tratando de sacar una idea de la confusión espantosa que había en mi cerebro—. Yo fui quien supliqué al ministro...

—Cediste a mi ruego...

—Como me lo pedías en aquella hoja... —dije viendo un poco más claro, y determinando sacar partido de la situación—. Me pareció justo lo que me pedías... Pero dime, ¿con quién mandaste aquel papel?