—Muchas gracias... pero ya sé que esta noche no he de dormir.
Dirigime pensativo y no completamente libre de susto a mi cuarto. Cuando abrí la puerta de él, cuando la luz que yo llevaba iluminó el interior de la pieza..., ¡terror incomparable!..., lancé un grito de espanto y no quedó gota de sangre en mi cuerpo... ¡Jesús mil veces! En mi cuarto había un hombre.
Un hombre, sí, que tranquilamente sentado en mi propio sillón, clavaba en mí una mirada fulgurante y burlona a la vez.
¡Cielos divinos! ¡Socorro!... ¡Un hombre en mi cuarto!
¿Quién? Salvador Monsalud.
XIII
Salvador Monsalud en persona.
Largo rato estuve sin habla, sin movimiento, paralizado por el espanto. Yo no era Pipaón; yo era el miedo mismo. Mi espíritu era incapaz de reflexión, de comparación, de juicio... Las piernas me flaqueaban; la voz, muerta en la garganta, no podía ni sabía pedir auxilio.
Creí ver un fantasma. Por un instante, perdiendo mi buen sentido, creí en brujas, en duendes, en almas del otro mundo, en todos los disparates de los cuentos de viejas.
Pero el fantasma se reía de mi turbación, y alargando un brazo hacia mí, me dijo: