—No, señor de Pipaón: ni me asusta ni me aterra la idea de que un gran criminal expíe sus crímenes; lo que me causa pavor, y más que pavor, repugnancia, es la horca, esa herramienta vil... Las justicias de la tierra debieran hacerlas siempre los agraviados en el momento de recibir la ofensa... Qué quiere usted... yo soy así... tengo esas ideas y no lo puedo remediar.
—Extraña justicia sería esa, Jenara.
—La mejor. Justicia rápida y por la mano del ofendido. Yo no la concibo de otra manera. Esa que está en manos de hombres pagados, vestidos de negro, amarillos y casi siempre sucios; esa que da tormento al reo, y antes de matarlo lo envuelve en una mortaja de papel escrito, me da tanta tristeza como repugnancia. Detesto al criminal y sería capaz de matarle yo misma, sí señor, yo misma; pero compadezco al encausado.
No quise seguir tratando aquella cuestión, y los dos permanecimos largo rato en silencio, que solo se interrumpió para dar órdenes al nuevo criado que me servía. Doña Fe se hallaba otra vez en cama, molestada de sus pertinaces dolores. Aunque era ya un poco tarde, ni Jenara ni yo teníamos ganas de dormir: sin duda una y otro llevábamos tantas ideas en la cabeza, que el sueño no podía entrar en ella. La respectiva situación nuestra, nuestro desvelo, el silencio que reinaba en la casa, las moribundas ascuas del brasero, que servían como de intermediario a nuestra melancolía meditabunda, trajeron a mi memoria el recuerdo de la noche en que recibí el singular escrito. No pude reprimir un repentino acceso de miedo, el cual se apoderó de mi alma y corrió por dentro de mí y pasó como una influencia eléctrica... Pero mi razón se esforzó en serenarse, diciendo: «Ahora no hay cuidado.»
De pronto sonaron no sé qué extraños ruidos en lo interior de la casa. Yo di un grito y Jenara se puso a temblar.
—No es nada —dije—. La puerta que se ha cerrado a impulsos del viento... ¿Qué es eso, Jenara, tiene usted miedo?
—Tengo frío —me contestó arropándose en su mantón.
—¿No se acuesta usted?
—Sí... ahora —dijo mirando a todos lados con el recelo propio de quien busca, y al mismo tiempo teme ver algún objeto desagradable.
Llamé a la doncella, que acudió al punto; acompañelas a las dos hasta su habitación, y cuando di a la señora las buenas noches, respondiome con tristeza: