—¿Pero es cierto que no os lleváis bien los Baraonas y tú? —me preguntó Salvador en tono que indicaba alguna desconfianza.
—No nos podemos ver, te he dicho. Ya conoces las ideas del abuelo. Es un hombre insolente. Respecto a la implacable soberbia y a los rencorosos sentimientos de Jenarita, ¿qué puedo decirte que tú no sepas?... ¡Pues digo, si llegan a saber que yo he intercedido por tu infeliz madre...! Cuando se les habla de tal asunto, son fieras el abuelo y la nieta.
—No me hables de esto —dijo Salvador pálido de ira—, porque me olvidaré de que estoy en casa ajena y en situación poco a propósito para pedir cuentas a nadie... Los Baraonas y los Garrotes son autores de la prisión y del martirio de mi pobre madre. ¡Venganza miserable! Todo porque le herí en un duelo leal, provocado por él... ¡Si supieras cuánto he luchado aquí para conseguir la libertad de la pobre mártir!... Diferentes veces se ha logrado lo que hoy te concedió el ministro; diferentes veces, por empeño de poderosos amigos míos, ha dado órdenes generosas el Consejo Supremo. Mientras Carlos ha estado en la Rioja, todo ha sido inútil. Yo no sé cómo se las compone el maldito, que puede allá más que el Consejo Supremo aquí.
—Tiene amigos y parientes en la Inquisición de Logroño, y es familiar de ella.
—Mi madre será puesta en libertad pronto, gracias a que Carlos ha salido de allí, a que las órdenes de ahora son muy enérgicas, y, sobre todo, a la revolución que se aproxima... Pero sálvese o no la infeliz señora, la infamia de esa gente rencorosa y vengativa como las furias antiguas no quedará sin pago... ¡Me parece mentira que Carlos Garrote viene a Madrid, y que he de verle delante de mí!
Diciendo esto, eran tan enérgicas la expresión y los ademanes de mi amigo, que me aparté de su lado, temeroso de alcanzar alguna señal dolorosa de su indignación.
—Esta gente es atroz —dije—. No veo la hora de que se marchen de mi casa. Estamos riñendo todo el día. ¡Cuántas veces les he echado en cara ese furor inútil contra doña Fermina, por no poder cebarse en ti!
—Por eso te llamará tanto la atención verme en esta casa, albergue de mis implacables enemigos, y que al mismo tiempo lo es de un rabioso absolutista.
—¡Absolutista yo! —exclamó comenzando a desarrollar mi plan—. No me insultes.
—Yo vacilé largo rato antes de presentarme a ti; pero el deseo de que me sacaras de una cruel duda me decidió. Por un lado sospechaba que tú, como familiar del familiar, no dejarías de tener parte en mi persecución; por otro, el saber que habías implorado la libertad de mi madre, me inspiraba cierta confianza hacia ti, a pesar de tu absolutismo.