—¡Absolutista yo! Vuelvo a decirte que no me insultes. Bien sabes tú que no soy servil. Si lo creyeras así, no te atreverías a venir a mi casa.

—¿Por qué no?

—Porque temerías que te detuviese y te entregase a la justicia.

Monsalud se echó a reír, burlándose descaradamente de mí.

—Pues qué, ¿si yo fuera absolutista de los de don Buenaventura, estarías tú tan tranquilo en mi presencia?

—Dices eso, pobre hombre, porque ignoras que aunque seas absolutista de los de don Buenaventura, no puedes nada contra mí dentro de tu propia casa.

—¡Cómo que no!

—Mírame —añadió desembozándose—. No traigo armas. Esto prueba mi confianza.

—Y si yo quisiera... —dije lleno de confusión—. Verdad es que alguno de mis criados está vendido a la masonería.

—Lo están todos.