—¿Quieren ustedes pasar allá? Pues vamos —dijo Mortero tomando su linterna.

Cuando esto decía, habíamos salido Monsalud y yo; y nos internábamos por un largo callejón oscuro, que no tenía nada de agradable como paseo. Iba el viejo despacio, por no permitirle sus piernas mayor actividad, y Salvador y yo teníamos tiempo para recrearnos en las contorsiones y horribles gestos que hacían nuestras sombras bailando en la pared a medida que avanzábamos. Según los movimientos de la linterna de Mortero, corrían aquellas, anticipándose a nosotros: desde lejos nos miraban, aguardando a que pasáramos para unírsenos de nuevo; otras veces se quedaban atrás, y luego en tropel corrían jugando para tomarnos la delantera.

Llegamos a una puerta, que empujó el anciano, y yo creí que por ella salíamos al aire libre. Pero mi sorpresa y mi pesadumbre fueron grandes cuando vi que, en vez del libre espacio, se extendían ante mí negras bóvedas de ladrillo; cuando en lugar de subir, bajamos una escalerilla que si no conducía al infierno, llevaba cuando menos a las antesalas de este.

—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté bastante inquieto—. ¿No hemos bajado bastante todavía? ¿Esto es el Tártaro, o qué es?

—Chitón —dijo Monsalud sonriendo y poniéndose el dedo en los labios.

La escalera no era muy larga; pero tan estrecha que sin cesar me iba aporreando la cabeza contra la bóveda de ella, haciendo de camino gran acopio de telarañas.

—Estamos en plena novela, amigo Salvador —dije librando mi rostro de aquellos cendales—. ¿Qué demonios es esto? ¿Está tu logia en el centro de la tierra?

Salvador, sonriendo de nuevo, repitió:

—¡Chitón!

Habíamos entrado en un vasto recinto abovedado, que se extendía considerablemente, sin que la vista alcanzase a divisar el fin, dividido por arcos de ladrillo desnudo. A un lado y otro, la escasa luz de la linterna permitía distinguir multitud de objetos cuya forma no se apreciaba claramente. Más que el objeto mismo, veíase la sombra de ellos; disformes masas que se abrazaban unas a otras, o se repelían, formando un conjunto semejante al de un gran montón de ruinas en la penumbra de una noche de luna.