Vi en el ángulo oscuro una cama de no mal aspecto. También había diversas suertes de armas, tales como espadas, las más sin punta, sables, algún coselete que debía de tener memoria de Roldán, y además pistolas que habían conocido el fuego, pero que no tenían más que la intención, un mosquete, y la más variada colección de trabucos que he visto en mi vida. Entre los muchos objetos pacíficos que en los rincones y paredes distinguí, tales como velones, candeleros, platos de metal, braserillos y loza de china, creí reconocer alguna pieza de mi pertenencia que había desaparecido de mi casa, sin que nadie pudiese averiguar quién cargara con ella; pero me callé y seguí observando.

Lo que más llamó mi atención fue una especie de banco de taller, donde había multitud de figurillas, al parecer juguetes de niños; caballitos, títeres que movían brazos y piernas con articulaciones de alambre; panderetas, nacimientos, instrumentos rústicos, dominguillos, peonzas y otras zarandajas, muchas de las cuales estaban por concluir o a media pintura, entre tarros de almagre y toscas herramientas.

Ocupaba el centro de la habitación una mesilla de zapatero, y junto a ella un asiento agujereado, del cual parecía acabar de levantarse el Mano de Mortero, y veíanse a un lado y otro suelas y tacones, con multitud de gruesos zapatos negros y chinelas juanetudas; pero nada de obra nueva.

—¿Qué tal? ¿Se trabaja mucho? —preguntó Monsalud al anciano, que, sin dejar la lámpara de la mano, se disponía a ser nuestro guía.

—Estoy echándole medias suelas al señor Definidor —repuso con desdén—; poca cosa, señor. Si no fuera por lo que cae...

Diciendo esto, dirigió una mirada orgullosa y magistral a los innumerables chirimbolos que en toda la redondez del cuarto se veían. Los miró como mira un general su ejército.

—¿El señor es el amo de doña Fe? —dijo después, mirándome con impertinencia—. ¡Ah! ¡Doña Fe!... ¡Excelente señora!... ¿No se le ofrece a usted alguna cosilla? También hago juguetes. Si tiene usted niños...

—Veo que guarda usted una buena colección de... preciosidades.

—Yo... recojo todo lo que encuentro.

Con sus manos en la cintura, y el sombrero sobre la ceja, ofrecía la más rufianesca y cómica apariencia que puede imaginarse. Yo conocía a aquel hombre; pero la perplejidad en que me encontraba era gran estorbo para mi memoria.