Atravesámosla toda hasta llegar a un sitio próximo a la cocina, donde estaba la puerta de una escalera que bajaba al patio colindante con el jardín de la casa inmediata. Como aquella salida no tenía comunicación directa con la calle, habíala yo condenado al entrar en la casa, clavándola fuertemente. Sorprendiome mucho verla desclavada y practicable, y juré en mi interior tomar al siguiente día venganza pronta y ejemplar de doña Fe. Por entonces no dije nada; y cuando Salvador mandó a la dueña que abriese, y esta obedeció, salimos y bajamos los tres.
—¿Para qué necesitamos ahora a esta infame bruja? —pregunté a Salvador.
—Ya verás —replicó Monsalud.
Llegamos al patio lóbrego, destartalado y profundo, cuyas humedades e inmundicias criaban en distintos sitios algunas hierbas raquíticas y arbustos tristes. Uno de sus cuatro lados era una tapia que limitaba el jardín inmediato, cuyos elevados árboles secos traspasaban el espacio de sus dominios para invadir los míos, y alguno de aquellos alargaba sus dedos flacos, desnudos y ateridos hasta tocar los cristales de mi comedor. En los otros lados había varias ventanuchas y puertecillas, tapiadas todas menos una, que se decoraba con media docena de cristales rotos y una cerradura mohosa. Doña Fe golpeó con su mano en uno de los cristales; viose al través de ellos una luz, y al poco rato se abrió la puerta del modo más natural posible, sin que precedieran al acto ni fétido olor de azufre ni aullidos de demonios bufones.
La comunicación abierta dio paso a un anciano robusto, guapo y sonrosado, cuya alegre fisonomía no me era en verdad desconocida. Al vernos se sonrió con la franqueza propia de los tunantes hechos a la farsa y engaños de la vida; rascose una oreja, dejando caer sobre la sien contraria el sombrero anticuado y mugriento con que cubría su hermosa cabeza cana, y después nos hizo un saludo tan cortesano y fino como el de un diplomático.
—Sean bien venidos Sus Mercedes.
—Señor Mano de Mortero —dijo Doña Fe, mostrando un cazuelo de comida que en la mano traía—. Ahí tiene usted lo de hoy.
—Venga acá —repuso el gallardo y festivo viejo, dando un paso fuera de la puerta—; venga esa bendición de Dios. Pero ¿qué hacen estos caballeros que no pasan adelante?
Franqueamos el estrecho umbral; desapareció doña Fe, perdiéndose en la oscuridad del patio; cerrose la puerta, y nos hallamos en una ancha habitación de techo abovedado, cuyo aspecto, sin tener nada de sobrenatural, ni de infernal, ni aun de extraordinario, me dejó suspenso y estupefacto. Los cuatro testeros de la tal pieza apenas tenían superficie para tanto trebejo roto y sucio, para tanto cachivache como en ellos había acumulado una mano diligente y allegadora. Prescindiendo de los muebles de uso diario, parecía una prendería del peor género: había sillas de montar, enteras unas, despedazadas otras; cajas de violín, frenos y herrajes de caballerías, artesas rotas, copas de cobre que llevaron lumbre y ahora llevaban polvo; armarios que fueron sepulcro de ejecutorias y eran ya depósito de clavos, hebillas, tenedores, pesas de reloj, garfios, badilas, espuelas, llaves, tinteros de cuerno, tacones de palo, asadores, cucharas, lancetas, tabaqueras, tenacillas, peines, dedales, piedras de chispa y otras mil y mil baratijas de diferentes edades y sexos, que habían servido para diversos usos de la vida.
Aquí y allí, colgadas unas, en pie otras, puestas de costado o boca abajo, se veían multitud de imágenes. Dolorosas con el pecho traspasado, Josés con vara, Migueles con demonio, Santiagos a caballo, Roques con perro, Antones con cerdo, Pedros con llaves y Lorenzos con parrillas; toda la corte celestial, en suma. Pero entre tanta arrinconada santidad, solo una Virgen del Rosario tenía los honores del culto. Puesta en una especie de altarejo muy singular, adornado con no sé qué estrambóticos fragmentos (entre ellos las roscas de una trompa y la placa dorada de un morrión de la guardia), tenía delante algunas flores de trapo y a los lados algún resto mocoso de velas de cera.