—Todo sea por Dios —dijo la dueña con calma imperturbable—. El padre Beraza me dijo que, haciendo lo que he hecho, servía a Dios.
—Ya, ya ajustaremos cuentas. Respóndame usted: ¿duerme el señor de Baraona?
—Sí, señor.
—¿Y la señora doña Jenara?
—También parece que duerme.
—Bueno: retírese usted.
—No, que va a ir delante de nosotros.
—¿A dónde?
—A enseñarnos el camino y abrirnos la puerta.
Doña Fe salió de mi cuarto, y tras ella Monsalud, y tras Monsalud yo, sin comprender a dónde íbamos, viajero errante y extraviado dentro de mi propia casa.