—¿Duermen todos en la casa? —me dijo Monsalud cuando el reloj de cucú que exornaba mi sala dio las diez.

—Sí; mas para salir nosotros, poco importa que duerman o no... mayormente, señor brujo, cuando ahora vamos a escaparnos por una grieta misteriosa abierta en la pared o por el cañón de la chimenea de la cocina. Vamos, haz la invocación y vendrá un señor gentilhombre del Tártaro a abrirnos paso.

—Tú puedes hacer la invocación —dijo Salvador poniéndose la capa.

—¿De qué modo?... ¿Llamo al demonio?

—O a doña Fe, que es lo mismo.

—¡Doña Fe! ¡Señora doña Fe!

Mis gritos se perdían en las soledades de la casa sin hallar respuesta; pero al fin un eco de ellos pudo llegar a las orejas de la dueña.

Y en verdad fue como si el mismo Lucifer apareciera justificando la broma de nuestra demoniaca evocación y brujería, porque había que ver la fealdad de mi doméstica, soñolienta y amarilla la faz, cerrado un ojo mientras revolvía el otro en todas direcciones, cual si ambos se concertaran para turnar en sus funciones, acordando que durmiera el uno mientras el otro veía. Sin ser vieja, doña Fe tenía en su desagradable semblante una especie de decrepitud sin respetabilidad, mientras el peinado, con pretensiones de elegancia, y la escofieta picuda, la hacían bastante ridícula. Dando al viento la destemplada y bronca voz, dijo al llegar a mi presencia:

—De morir tenemos.

—Ya lo sabemos, señora —respondí con ira—; ya lo sabemos. ¡Maldita sea usted y toda su casta! Ya he descubierto que está usted engañando a su amo, que abre usted la puerta de mi casa a hombres desconocidos... porque si ahora ha querido Dios que introdujera usted a un amigo, otra vez podrán ser asesinos y ladrones... Señora doña Fe, mañana mismo se pone usted en la calle.