—¡La revolución viene, la revolución viene! —proseguí sintiendo en mí una especie de voz interior que así me lo decía—. Lo conozco, lo adivino, lo veo, amigo Monsalud, en la atmósfera que nos rodea; lo veo en la cara misma de los palaciegos. Es un hecho inevitable, lógico. La revolución viene como viene el día después de la noche. Todo lo anuncia, ilustre amigo. Hasta los pájaros cuando cantan dicen «revolución.»
—Esto te infundirá valor y aliento. La revolución no suprimirá los destinos... por eso tu acción tiene poco mérito. Pero, en fin, quieres ser de los buenos, y el sistema adoptado es recibir a todo el mundo, venga de donde viniere. Ahora voy a cogerte por la palabra, para que no te arrepientas de aquí a una hora. ¿Puedes salir conmigo esta noche?
—¿Por qué no? Vamos a donde quieras.
—Es muy cerca; no andaremos mucho.
—Mi capa, mi sombrero... ¡Blas!... pero ¿es posible que este sencillote criado mío esté también vendido a la masonería?
—En cuerpo y alma. Ahora, ciudadano Robespierre —me dijo con donaire—, convendría que tomásemos algo. Quizás tengamos que velar toda la noche. Has de saber que no carezco de apetito: es imposible que en la casa de un hombre que ha servido en tan altos puestos no haya a estas horas excelentes fiambres.
—Todo lo que quieras. ¡Blas, Blas!... Este tunante masón no viene.
Al fin apareció mi criado, al cual no pude mirar sin rencorosa prevención, considerándole traidor, y nos sirvió un bocado confortativo. Mientras comía, meditaba yo sobre aquel nuevo giro que tomaban mis ideas, sobre aquel nuevo camino que emprendía mi actividad.
«Es preciso —me dije para mí— que en este mundo desconocido en que ahora entro procure desde el primer instante disipar los recelos que mi presencia pudiera despertar. Cuidadito, Pipaón, con mostrar tibieza o indiferencia, aunque veas toda clase de extravagancias y locuras. Un celo excesivo y un entusiasmo demasiado ardoroso, no serán tampoco el mejor sistema. Tomemos por modelo al maestro don Antonio Ugarte. Conviene, pues, adoptar una actitud intermedia, poner cara en cuyas facciones se asocien artística y noblemente el entusiasmo y la dignidad, la templanza del gobierno y la energía revolucionaria... Mi papel es el de un honrado repúblico que, comprendiendo con dolor la incapacidad del absolutismo para gobernar a los pueblos, se acerca grave y triste, pero resuelto, a la revolución y le ofrece sus servicios, porque sería lamentable que la revolución, si algo hace, lo hiciera sin él... Ánimo y disimulo. Seguro estoy de que al poco tiempo de andar en la conspiración, me encontraré tan a mis anchas como en la camarilla de Su Majestad a los dos días de ingreso... seguro estoy de que mi sutil travesura volverá lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, en esas escondidas sociedades que voy a visitar... seguro estoy de que al poco tiempo de mi feliz iniciación, armaré más líos y enredos que vio Creta en su famoso laberinto, y de que no pasarán muchos meses sin que traduzca en provecho propio las tenebrosas artimañas de estos caballeros y mi novel liberalismo. ¡Lo haré; sin remedio lo haré! ¡Ay!, me conozco como si me hubiera parido.»