—¡Para eso, para eso!
—Debo añadirte que hoy se hila un poco delgado debajo de Madrid.
—¡Debajo de Madrid!
—¿No me entiendes? En las logias y reuniones secretas, quiero decir. Hoy se toman precauciones. Cuando un señorón de categoría elevada, sea quien fuere, ofrece su ayuda a la revolución, lo que ocurre todos los días, queda ligado por compromiso solemne; y las veleidades, querido Bragas, los arrepentimientos, suelen costar caros a quien los padece.
—Sí, ya sé... —dije inspeccionando otra vez la puerta, para cerciorarme de que nadie nos oía—. Hay pruebas rigurosas, palabras enigmáticas, juramentos que hielan la sangre en las venas... y el que hace traición muere sin remedio.
—No hay nada de eso —me dijo riendo—. Huye de esas reuniones formularias que establecen el sainete en los sótanos. Ahora no se trata de eso. Cuando los pueblos padecen y luchan por su emancipación, obran seriamente y van a su objeto sin necedades de teatro. Ahora, amigo Bragas, las cosas han llegado a un punto tal, que se trabaja por la libertad a toda prisa, con la avidez del náufrago que entre las olas lucha con la muerte y por la vida... Fuera misterios y ritos anticuados y palabras vacías. Todo es acción: las tinieblas y el misterio han dejado de ser vano velo de las chocarrerías de los holgazanes. Yo lo he visto todo desde el principio: he visto las jimias haciendo muecas entre dos calaveras en la ahumada atmósfera de una cueva; y hoy veo a los hombres inteligentes y formales labrando en silencio y sin aparato las palancas poderosas con que pronto ha de moverse lo de arriba. Solo en las épocas en que no hay nada que hacer existen esas vanidades y espantajos ridículos de que habla el vulgo. Ahora la inmensidad de la tarea une las manos de todos los hombres en una obra común, y desaparecen las máscaras convencionales y las fórmulas aparatosas, que más bien eran entretenimiento que utilidad. Eso no quita que en plena luz, y a la faz del mundo oficial y de la tiranía, se empleen ciertos signos para reconocerse y obrar de acuerdo; pero allá dentro, amigo, en nuestro reino escondido, en aquella vida de catacumbas donde se prepara la nueva vida libre y pública, todo es claridad y sencillez. Se trabaja, se extiende la acción con arte y fuerza; se prepara el golpe con la destreza y habilidad necesarias para que no se malogre como otras veces. Ahora bien, Bragas de Pipaón: tú, servidor declarado de los poderosos de hoy, ¿quieres servir a la revolución?
—Sí quiero —respondí—. Pero dime antes una cosa: ¿esa revolución vendrá?
—¡Vendrá! Para ti es condición indispensable que la revolución venga. Adoras el hecho, no la idea... No puedo responderte. Puede venir y puede no venir. Eso dependerá de este, del otro, de mí, de los demás, de ti mismo, de todos reunidos. Si hacemos tonterías, ¡cómo ha de venir la revolución!
—Lo preguntaba porque eso es muy importante. Don Antonio Ugarte, uno de los hombres más listos y de mejor ojo que hay en España, me ha asegurado que la revolución vendrá.
Al decir esto, la idea del puesto que en el Consejo me habían negado se fijaba en mi cerebro como la marca de un hierro encendido. Me quemaba.