—¡Tú!, el covachuelo, el oficial de Paja y Utensilios, el director de la Caja de Amortización, el amigo del señor Chamorro, el brazo derecho del señor Ugarte, el tertulio de Palacio, el mandadero de Su Majestad...
—¡Yo, yo, yo! Sí —afirmé con enfado—. ¿Quieres que te convenza de una vez con dos palabras, Salvador?... Pues para que comprendas mi decidida ruptura con todos esos deplorables antecedentes y personas, óyeme lo que voy a decirte. Quiero ser masón.
Monsalud manifestó asombro.
—Ser masón es no ser nada, si no se conspira —me dijo.
—¡Quiero conspirar! —exclamé dando fuerte puñetazo sobre la mesa, y metiéndome después las manos en los bolsillos.
—Pero no se conspira para aumentar la autoridad de la corona, sino para disminuirla. No se conspira en pro del rey, sino en pro de la nación.
—Pues en pro de la nación.
—Se conspira para restablecer el gobierno liberal y la Constitución, es decir, lo que tú llamabas la mamancia cuando escribías en La Atalaya.
—Para restablecer el gobierno liberal y la mamancia —repetí frunciendo el ceño y con los ojos fijos en el suelo.
—Y para dar al traste con la infame polilla de España que mina el trono y el país, y al mismo tiempo se los está comiendo.