Entramos en la calle de Sevilla.
—Es que... —me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa—. Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.
—¿Y qué?
—Cualquiera diría que te has enamorado de mí —dijo columpiando su mirada entre la gravedad y la risa.
—Pues diría la verdad.
—¡Vaya con lo que sales ahora! —exclamó decidiéndose por la risa—. Tú estás chocho.
Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, y se lo manifesté con franqueza.
—Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...
—¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...
—Pues ya estás sentado...