Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.
—No, no acepto tus regalos —me dijo bruscamente como si reanudara la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se había fijado en ella—. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?
Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.
—Pues sí, Camila... tú lo has dicho.
Y vuelta á reir.
—Me alegro, me alegro —dijo cuando yo creía que se enfadaba—. Para que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.
—Pero no me dejas concluir... —observé, tartamudeando y abrasándome vivo—. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes fa... natizado.
Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:
—Pues no te queda más recurso que éste.
Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo: