—No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión con una píldora.
—No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese chisme. No me gusta ver armas cargadas.
Poco tardó en reaparecer desarmada.
—¿Conque apasionadísimo... ísimo?... —declamó con afectación burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí—. En cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.
—Mira, más vale que no le digas nada.
—Pero tú eres memo —dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo de toros—. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...
Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la sazón el propio Constantino.
—Mira si será tonta tu mujer —le dije—. Nos encontramos en una tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate: esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?
—¿Acepto? —preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada las miradas de él.
—Sí: ¿por qué no? —contestó Miquis, acariciándole la barba—. Acéptalo, chiquilla.