Ella le dió un abrazo.

—¡Patrona! —gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí—. Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la botella de ron de Jamáica.

—No me da la gana —fué la réplica de ella.

—¿Cómo es eso?

—No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios.

—Si es en obsequio al primo de la patrona...

—No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se vaya á la taberna.

—¡Patrona, el ron! —repetí yo.

—No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.

—Bueno, mujer, no te enfades —gruñó Miquis, desocupando la mesa—: lo tomaremos en el café.