—Lo tomará él si quiere —declaró Camila con autoridad—. ¡Usted, señor mío, aquí!
—Vaya, ¿tampoco me dejas salir?
—Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.
—Es que vamos á la sala de armas.
—Aquí, y chitito callando.
—¿Ha visto usted qué tarasca?
—A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los coditos sobre la mesa.
—Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? —preguntó él, mirando embobado á su mujer.
—Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»
—Bueno: ¿y qué más?