—Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.

Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y roñosas.

—Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.

—Enderézalos con los dientes.

Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á consultar con la patrona.

—¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? —preguntaba él, ya vestido con los trapitos más usados que tenía.

—¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.

—Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen punta.

—Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar. Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos que están por el suelo.

—Bueno, bueno. También las argollas.