—Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.

Era aquello una comedia.

—Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un papamoscas?

—Esperando á que me digas dónde van los clavos.

—¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...

Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi casa y hacerla polvo.

—¿Y yo, qué hago ahora?

—Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?

—Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después, Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea! mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.

Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo quería hacer el papel de culebra.