Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella prójima, si yo no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero.

Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener con ella ya ningún trato; y el maldito Saca-mantecas se entusiasmó tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del corazón.

—Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que somos mortales...»

¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello era historia vieja.

—Es monísima —volvió á decir el Saca-mantecas echando una ojeada á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...— pero ¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un Fúcar nos desbanca.

El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.

—No he conocido mujer de más imaginación —prosiguió— para discurrir modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de verdadero chic. «Este lujo, al alcance de todas las fortunas —nos dijo—, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la Flora de Casado. Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon porque no les daban de comer.

—Eso sí que es falso —dije, sin poderme contener—. ¡Hambre! eso no lo ha habido allí nunca.

—Perdone usted, querido —replicó muy serio—: me lo ha contado Quiquina.

—¿Esa italiana...?