—Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le gustan los merecotones en vino. Dice también que su padre murió de una heroísma. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es la primera medio-mundana que hemos tenido. Se precian ellos de la incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.
Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias del Saca-mantecas me revolvían de tal modo el estómago, que poco me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de Fomento, y tomamos café á prisa.
II
Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al Saca-mantecas unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.
El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al Saca-mantecas con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha falta.
Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me había dicho el Saca-mantecas me hería en lo vivo, y ansiaba tener la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana —pensé—, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que no estallara dentro. «La voy á poner buena —pensaba—. ¡Venderse por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»
Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo fué quien me dijo:
—La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la tarde.
¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!
A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un departamento del sleeping-car.