—Gracias —me dijo Constantino—. Si mi mamá Piedad me manda lo que me ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el tren de recreo.

—¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?

—Sí: en el tren de botijos —afirmó Camila batiendo palmas—. Así nos divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de Augusto vendrá también.

—¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una cursi...

—Dí que somos pobres.

—Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, aunque sea en un tren de mercancías.

Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí caerás —pensé—; no tienes más remedio que caer.»

A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de Dios.

—Si no vas á tener más chiquillos... —decíale yo—; y da gracias á Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego.

Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.