—Si sigues haciéndome el amor —me chilló una tarde—, le canto todo al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.

—Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?

—¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.

Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me quiere, que es mi marido!»

Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:

—Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.

—En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos.

—No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.

—Que no lo tomo. Quita allá.

—Te echaré de mi casa.