Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que duele es la porquería», respondía ella pegándole un sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro.

Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á saltos.

—Hija —dijo mi tía—, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.

—Para eso la pago.

Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los fríos ladrillos.

Su mamá se reía como yo. Díjome después:

—Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la casa.

Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y abrochándose los botones de la camisa.

—Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué hiena es mi mujer?

Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que por economizar.