—Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae pronto el rancho.
Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir de huevos.
—Ahora —me dijo Miquis con beatitud—, nos pasamos con una tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan ricamente... A todo se jace uno. Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...
Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos. «Dios mío, Dios mío —pensé en un paroxismo de aflicción—, ¿por qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?»
IV
—Aquí tienes el pienso —dijo Camila trayendo la tortilla de jamón—. Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.
¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que ninguno de los dos quería tomar.
—Para tí, hija...
—No: para tí, nenito.
—Vamos —decía yo—, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.