Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en una silla alta, con su babero al pescuezo.

—Vendrá, vendrá el señor de Belisario —decía ella encendiendo el alcohol—. Verán ustedes cómo con los baños de mar...

—Eso, eso: los baños de mar.

Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.

—Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos —les decía yo.

Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por ningún caso.

¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje, comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo que le prestó Eloísa. El vestido y el pardessus eran desechos de su hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella imponderable virtud con los despojos del vicio.

Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia. Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio, síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un fenómeno de suspensión. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del síntoma nervioso de la suspensión había otra causa. Estos jaleos espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.

—Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua? ¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!

Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan curado de su ruinera, como si en su vida la hubiera padecido.