A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que era para darme la sorpresa hache. Francamente, experimenté vivísima satisfacción al perderle de vista.
Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías, respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome los mocos y dándome cucharadas de maizena. La Pastor, su sobrina, era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata: trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas, embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo.
La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez. Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía. Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia: se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra del Scotland Bank. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la tierra de María Santísima.
Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.
—Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien. Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa. Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.
Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles de cicerone. Mary (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había que verme á mí con mis dos Pastoras (Camila dió en llamarlas así) siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se llamaban las Pastoras. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible shoking.
Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí.
Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio. Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12 de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la edad del pavo, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la edad del pavo? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo; al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de imposible asimilación.
La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de sport me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir:
—Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen caballo de paseo.