Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete.
—¡Un caballo! —repitió el manchego con éxtasis.
—¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?
—No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...
La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego se dejó decir:
—Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...
—Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.
Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.
—Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, de mucha cabezada, y que ande así... así...
Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo. Luego imitaba el galope: tra-ca-trán, tra-ca-trán.